• Un tiempo sagrado

    Ya estamos por ingresar en un tiempo especial, la Cuaresma, que nos impulsa a vivir de otra manera, respirar con otro ritmo, sumergirnos nuevamente en el Evangelio para salir de nosotros mismos y acoger al Otro, al Dios cuyo nombre es Misericordia, y abrirnos al hermano; despojarnos, encontrando la pobreza radical para que al fin Dios encuentre un sitio en el fondo de nosotros mismos, y el hermano descubra un corazón en quien confiar.

     

    Pongo en seguida unos pensamientos de la catequesis del Papa Francisco para abrazar la Misericordia divina en esta Cuaresma:

     

    El Señor es compasivo: siempre dispuesto a acoger, a comprender, a perdonar, como el Padre de la parábola del Hijo pródigo. Extendiéndose sobre esta parábola, el Santo Padre indicó que es un padre que “no se cierra en el resentimiento por el abandono de su hijo”, sino que “sigue esperándolo”, porque lo ha generado. “Va a su encuentro y lo abraza, – dijo - no lo deja ni siquiera terminar su confesión, como si le cubriera la boca, tan grande es la alegría por haberlo encontrado”.

     

    Es misericordioso: tiene literalmente entrañas de misericordia, se conmueve y se enternece como una madre por su hijo, y está dispuesto a amar, proteger, ayudar, dándolo todo por nosotros. Un amor, insistió el Papa, que se puede definir en sentido bueno “visceral”.

     

    Es lento a la ira: cuenta hasta diez, como decíamos de jóvenes, respirando profundamente, para no perder la calma y soportar, sin impacientarse. Los tiempos del Padre, dijo Francisco, no son los tiempos impacientes de los hombres. Él es como el agricultor sabio que sabe esperar, da tiempo a la buena semilla para que crezca, a pesar de la cizaña.

     

    Es rico en clemencia: un caudal inagotable que se manifiesta en su bondad, en su gratuita benevolencia, que vence el mal y el pecado. El amor de Dios, afirmó el Pontífice, “no es un amor de telenovela”.

     

    El Señor es fiel: una palabra “que no está muy de moda”, indicó. Su fidelidad dura por siempre, no duerme ni reposa, está siempre atento, vigilante y no permitirá que flaqueemos en la prueba”,  porque “el Señor es el Custodio que, como dice el Salmo, no se atormenta sino que vigila continuamente sobre nosotros, para llevarnos a la vida”.

     

    “Llenos de confianza en el Señor - concluyó el Sucesor de Pedro-  acojámonos a Él, para experimentar la alegría de ser amados por un Dios misericordioso, clemente y compasivo”.

     

    Para abrazar al hermano en este tiempo especial, cito pensamientos del P. Alfonso Crippa que, en la introducción al Documento Final de la Consulta, destaca en primer lugar que debemos fortalecer el espíritu de comunión en nuestras comunidades, como profecía de fraternidad y más adelante exhorta a un cambio de mentalidad y de actitud que hacen más difícil el camino de santificación en la comunidad y en la misión. Nos recuerda el pedido del Papa de superar la mundanidad espiritual por la cual privilegiamos nuestros intereses personales y nuestro bienestar psicológico y moral, en lugar de la generosidad requerida por nuestra vocación. Luchamos por la gloria humana y el bienestar personal, en lugar de buscar la gloria de Dios  y el bien de los que están junto a nosotros.

     

    Pecadores sí, corruptos no. “La corrupción es el pecado que, en lugar de ser reconocido como tal y de hacernos humildes, es elevado a sistema, se convierte en una costumbre mental, una manera de vivir. Ya no nos sentimos necesitados de perdón y de misericordia, sino que justificamos nuestros comportamientos y a nosotros mismos” (Papa Francisco). ¿Instalamos esa “costumbre mental y manera de vivir” en la comunidad, sin darnos cuenta?

     

    En la Cuaresma que ahora vamos a comenzar, tenemos la oportunidad de una sutil conversión: el cohermano de la comunidad, en la misión  guanelliana el abuelo, el joven, el niño, el enfermo, la familia a los cuales servimos, se darán cuenta de nuestra “mortificación y conversión cuaresmal” porque recibirán más alegría y comprensión de nuestra parte. Vivimos la Cuaresma como camino de transfiguración y de amor a nuestro prójimo; un tiempo sagrado que nos hace más disponibles, equilibrados, serenos, pacientes, en nuestro servicio guanelliano. Si mi prójimo se sentirá más amado, el Señor aceptará también mi sacrificio espiritual. Si mi comunidad recibirá “de más”, en amor, mi camino cuaresmal no será el alarde de un orgullo espiritual, sino la luz de una vida resucitada.

     

    Es bueno recordar los tres verbos que nos indicó el Papa Francisco:

     

    Confiar, como consagrados guanellianos, en Dios nuestro Padre, en los cohermanos de comunidad y en los pobres que representan a Jesús que sufre. Por otra parte confiar en nuestra Familia guanelliana y en el tesoro de nuestro Carisma, para trabajar con más entusiasmo por las vocaciones.

     

    Mirar, con ojos atentos, paternos y maternos, como la Virgen María en el momento de necesidad de las Bodas de Caná; siempre con una atención generosa y amable con quienes compartimos la vida cotidiana, la oración, la mesa, el trabajo, las alegrías y las dificultades. Mirar con cariño y orientar a los jóvenes para que avancen en una vocación de servicio.

     

    Apresurarse, solicitud en el momento justo: no nos hagamos los distraídos y dejemos de lado el sólito verso: “tengo razón yo” y “a mí no me toca”, para apresurarnos a dar el primer paso para restablecer la comunión y el amor fraterno. En nombre de la mortificación, a veces se puede caer en una gran pereza, dureza de corazón y mentalidad esclerótica. Debemos apresurarnos en una efectiva pastoral vocacional porque de otro modo nos vamos a quedar estériles, sin futuro.

     

    El religioso que hace un camino cuaresmal de mortificación, con los tres verbos apenas indicados, “da muerte” a su egoísmo, al propio yo, a los desequilibrios de humor (bipolaridad), a la propia avidez, mezquindad y celos, que no le permiten ver bien, para  brindar en seguida a la comunidad y a los pobres alegría, paz, confianza, comprensión, misericordia, a favor de la vida de todos. Un religioso que vive la Cuaresma, mejora su espíritu y su mentalidad, sanándose de prejuicios y agresividad, para ser más tolerante, abierto al diálogo y respetuoso de la opinión del hermano, aceptando su diversidad.

     

    Abramos nuestro corazón a la exhortación de Jesús:

     

    “Entren por la puerta angosta, porque la puerta ancha y el camino amplio conducen a la perdición, y muchos entran por ahí. Angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la salvación, y son pocos los que lo encuentran” (Mt. 7, 13- 14)

     

    Hermano, si te sientes pobre y desgraciado, ¡mantén tu corazón dirigido hacia Dios que es misericordioso y bueno!

     

    Él vela sobre el que lo implora, alegra el corazón del que lo llama.

     

    Lleno de amor y de ternura, no deja ningún grito sin respuesta,  porque es el Dios que nos salva.

     

    “Y yo te busco Señor, Dios de Misericordia, con los ojos anegados de llanto, sin saber nada, sin desear nada, pero también sin olvidar nada, para entregarme a Ti” (Luis Rosales)

     

    Hermanos, buen camino cuaresmal, hacia la Pascua.

     

     

    P. Carlos Blanchoud

    Padre Provincial

     

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