• NUESTRA TIERRA DARÁ SU FRUTO

     El domingo 27 de noviembre da comienzo el nuevo Año Litúrgico que se abre con el tiempo del Adviento y en las próximas semanas nos preparamos para celebrar el día solemne y hermoso del Nacimiento de Jesús, la tradicional Navidad. Ya se adelantaron los supermercados y comercios, colocando los adornos navideños y presentando sus ofertas de consumo, y los cristianos no tenemos que quedarnos atrás, adormecidos, sino con entusiasmo emprendamos una preparación espiritual, limpiemos y adornemos nuestro corazón, nuestra familia y comunidad, para que Jesús nazca en medio de nosotros y hagamos una bellísima fiesta.

     “Adviento: tiempo de las madres y de los agricultores, porque sólo el que ama sabe esperar, sólo el que espera demuestra amor” (M. Pozza). Tiempo de los alumbramientos, en que el Espíritu envuelve a la Virgen María y a la estéril para dar a luz el manantial de la esperanza. Obra de paciencia en la que el hombre tiene que descender a profundidades cada vez mayores para descubrir la semilla escondida que da tantos frutos, desde la majestuosa Jerusalén hasta el humilde nacimiento en una gruta. La espera de una gran fiesta nos infunde mucha alegría y de antemano vamos pregustando la felicidad que irradia el Niño de Belén.

     El Adviento prepara el ambiente para la venida del Señor y Salvador en la debilidad humana y es a la vez una ansiosa espera de parte nuestra, yendo a su encuentro con un corazón arrepentido y con obras de caridad. La alegría hace que la espera sea activa y productiva, dejando de lado la apatía y la negligencia.

     Esperamos con fervor y compromiso cristiano, suplicando la venida del Salvador y creando un ambiente de amor y de paz alrededor nuestro. Si está llegando el Príncipe de la Paz, lo vamos a recibir con un corazón, una Familia, una Casa en paz, disfrutando   la fraternidad concreta y guanelliana.

     Jesús viene solemnemente en Navidad, pero viene también continuamente a visitarnos en las situaciones felices y tristes de nuestra vida. Celebrar el Adviento es tomar conciencia de que Jesús está con nosotros, nos acompaña silenciosamente y efectivamente con todo su amor de Hermano Mayor que nos lleva al Padre. Nos corresponde ir al encuentro de Jesús y alimentar una relación de intimidad con Él, que luego se refleja en el amor y servicio concreto a los hermanos, especialmente a los más débiles, en los que Cristo se hace más presente.

     “He aquí al divino Salvador que desciende y salva. Él es el Hijo de Dios eterno. Sin embargo hace el viaje del cielo a la tierra. Habiendo llegado, se viste de la pobre ropa de la humana carne. Pronto lo van a ver. Oirán con qué gemido piadoso llama a los extraviados junto a sí. Verán qué luz prodigiosa pone ante los ojos para que vean. Y ustedes, ¿quieren acompañar a Jesús para ayudarlo a salvar las almas? ¡Qué obra tan noble harían ustedes!” (D. Guanella, scritti per l’anno litúrgico, Vol. I, pág. 198).

     El Adviento refleja también nuestro futuro en Cristo, cuando vendrá en la gloria a cerrar estos días terrenales para llevarnos a todos a la fiesta del Cielo, donde con la Santísima Trinidad, la Virgen María y todos los santos, gozaremos juntos y eternamente de la presencia amorosa de Dios. Despertamos una esperanza creativa poniendo en práctica las Bienaventuranzas proclamadas en el Evangelio de San Mateo, capítulo 5, y las Obras de Misericordia exaltadas por el mismo Evangelista en el capítulo 25, 31.

     “Hermanos míos, todos nos encaminamos hacia el Paraíso. Mientras estamos en camino, miremos la dirección que tenemos. En el sendero hay peligros de evitar, y coraje de alimentar. Decía el Salmista real: Mis ojos están siempre fijos en el Señor, porque Él librará mis pies de la trampa”. Estamos en camino, ¿quién nos salvará de los peligros? ¿Quién nos dará aliento? ¡El Señor, el Señor! Abramos los ojos en nuestro camino. Miremos a lo alto, al que nos salva” (D. Guanella, idem, pág. 618).

     En estos días la Santa Madre Iglesia nos propone: hacer memoria del pasado, cuando el mundo esperaba el gran acontecimiento que cambiaría la historia con la revolución del Amor, vivir el presente con responsabilidad para construir un mundo en paz y solidaridad, y esperar el domingo sin ocaso de la Resurrección para la Vida.

     Celebrar la espera de la Navidad es celebrar la misma vida toda entera, en sus expresiones más pequeñas y frágiles y en sus manifestaciones más vigorosas y saludables. Se vuelve inmenso el compromiso de defender y promocionar la vida en todos sus aspectos, alimentar el espíritu de familia y el vínculo de caridad, preciosos valores de nuestro ser Guanelliano.

     Vamos a escuchar nuevamente estas palabras de la Sagrada Escritura: “Consuelen a mi pueblo, dice el Señor…” (Isaías 40, 1). Sí, Dios consuela a su pueblo. ¿Pensamos en la ternura del Padre Dios? No quiere que uno solo de los pequeños se pierda; como pastor apacienta su rebaño. La Biblia expresa lo inexpresable, la ternura del Padre, maravillosamente unida a su omnipotencia. Sí, el Dios que viene y que levanta su brazo poderoso, es también el Pastor que lleva en brazos los corderos y cuida de las ovejitas más frágiles.

     Hacemos memoria de cuando en el destierro Dios consolaba a su pueblo y se ponía al frente de la gran marcha para regresar a la patria. Valles para levantar, montes para abajar, caminos tortuosos para enderezar; Él caminaba con su Pueblo, marchaba a la cabeza de los desterrados, para conducirlos a la libertad.

    En nuestros días quedan muchas murallas por derribar y muchos obstáculos por superar para que el pueblo de Dios pueda vivir felizmente en su casa, en un mundo de paz y fraternidad. Un mundo en el que los más pequeños y frágiles, sean los más queridos, y las relaciones humanas pasen por el corazón y no por las armas, el egoísmo y la soberbia. Muchas veces esta tarea nos parece imposible y vivimos como exiliados y solitarios, lejos de un Evangelio que parece que haya perdido su sabor de Buena Noticia. La “violencia del reino de los Cielos”, “la alegría del Evangelio”, transforman la indigencia del pobre en dignidad humana, cambia al pecador en justo.

     ¡Consuelen a mi pueblo! Dice Dios Padre otra vez en este Adviento. ¡Alza la voz, tú que llevas la Buena Noticia! Necesitamos ante todo, descubrir nuevamente la ternura de Dios, su amor, su paciencia, su dulzura, no obstante que hayamos celebrado el Año de la Misericordia. Nuestro Dios viene en el Niño de Belén, “manso y humilde de corazón”. Dejemos que Él nos tome en sus brazos, reconociendo que estamos heridos por el mal.

     “A este punto Él agrega el impulso de su gracia y el beneficio de su misericordia. El sarmiento forma su racimo de uva porque está adherido a la vid y de ella recibe el vigor. Un cristiano recibe su vida por la gracia que es la fuerza de Jesucristo. El divino Salvador, en los misterios de su inefable misericordia, también dispuso el sacramento de la Penitencia, y por el fruto de la propia sangre, el pecador queda justificado. La sangre de Jesús sana las humanas enfermedades y reviste las lamas de virtudes celestiales” (D. Guanella, idem, pág. 624).

     Ahora viene nuestro Dios y va a renovar la faz de la tierra. Dichosos los que lo reciban con un corazón sencillo y bueno, porque serán los verdaderos artífices de la paz en esta tierra y prepararán la felicidad del Reino de los Cielos. Dichoso el guanelliano, la guanelliana que entra en este juego, que experimenta la pasión de vivir la aventura de la espera en el Adviento, más allá de sus cómodas seguridades, porque provoca que el viento suave y fuerte del Dios que viene, sople y reavive el fuego de nuestro amor.

     Un día dirá Jesús: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”. Arderá, pero con el fuego del amor llevado hasta el extremo de la Pasión.

     Si en nosotros hay debilidad y cobardía, soplamos para que el fuego se apague. Pero ahora, en este Adviento que comenzamos, nos entregamos a Dios con una voluntad que purifica todas las cosas en el fuego de la pasión de nuestro amor.

    Dichosos si somos apasionados como el Bautista, como nuestro Padre Fundador San Luis Guanella y la Beata Clara Bosatta: la Navidad será distinta en nuestras Comunidades, Hogares, Techos Fraternos, Colegios y Parroquias: con los humildes y pequeños bendeciremos al Señor porque se ha compadecido y es bueno para con todos; destilará el cielo su rocío, las nubes derramarán la justicia y nuestra tierra dará su fruto.

     Auguro y deseo fervientemente a todos que vivan un santo y gozoso Adviento, en sus comunidades y con el pueblo que el Señor les ha encomendado.

     

    P. Carlos Blanchoud

    Padre Provincial

    Adviento de 2016

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