• Misericordia y Fraternidad:

    dones que recibimos, compartimos y entregamos

    Después de una larga pausa, se volvieron a reunir los Hermanos en un encuentro de Formación permanente, venidos de la Provincia Cruz del Sur, Santa Cruz y Ntra. Sra. de Guadalupe, a fines de junio.

     

    En las Constituciones leemos que nosotros constituimos en la Iglesia un Instituto religioso de vida apostólica, clerical (C. 4); los religiosos Hermanos tienen la misión especial de mantener viva y despierta la esencial dimensión comunitaria y fraterna en el seno de nuestra familia religiosa. Lo que hemos reflexionado en ese encuentro de Areguá (Py), ayudados por el Hermano Miguel Córdoba CFC, vale para todos los cohermanos de la Provincia (incluidos los que ejercen el ministerio sacerdotal), porque fundamentalmente somos consagrados para promover en la Iglesia el espíritu de comunión. Deseo unir en este escrito dos temas: nuestra Fraternidad y el Año de la Misericordia.

     

    Los religiosos Hermanos nos recuerdan que somos levadura que hace crecer “la masa” del Pueblo de Dios. La levadura tiene una fuerza especial pero también nos enseña a hacernos pequeños y humildes, misericordiosos y sin prisa. La gratuidad envuelve nuestra relación con los pobres como presencia salvadora de Dios. Para ser levadura tenemos que estar en medio de la gente, como personas cercanas que ayudan y que apoyan mientras caminan juntos; nos confundimos con el olor a oveja, olor a sufrimiento, a pobres, y nuestra humanidad camina codo a codo con el Pueblo de Dios. Es “hacerse carne”, reflejando la humanidad de Jesús y su encarnación. Así como Jesús “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14), el guanelliano también “se encarna y habita”, está con la gente, se incluye y confronta. Es presencia de familia, construye familia y fraternidad, es signo de esperanza y celebra la vida en la Eucaristía.

     

    Reconocemos que Dios, en su bondad, confía en nosotros  y se sirve también de nuestras debilidades para fortalecer a los otros. Dios Padre nos sedujo y cautivó con su misericordia, para que usemos misericordia para con nuestros hermanos, no viviendo por nosotros mismos, sino por quien murió y resucitó por nosotros (cfr. 2Cor. 5).

     

    Ícono de nuestra identidad es el buen Samaritano que está en la vanguardia de la compasión y arriesga todo para ser solidario con el que sufre. “El ‘corazón’ de la vocación guanelliana consiste en ser la manifestación viviente de la bondad del Padre, que nos ha llamado, como Jesús, a ser buen Samaritano inclinado con gran espíritu de caridad hacia el hombre abandonado  al costado del camino” (P. A. Crippa).

     

    Otra figura del Evangelio que matiza nuestra identidad es Jesús lavando los pies en la última Cena, es decir, personas que en el servicio “hacen lío”, según la expresión del Papa Francisco, muy libres, que no ambicionan el poder y se sienten todos iguales en la comunidad.

     

    “No peleará ni gritará en las plazas, no quebrará la caña cascada ni apagará la mecha humeante” (Mt 12, 19).  Esto también se puede referir al religioso guanelliano, el cual no hace leña del árbol caído, no juzga, más bien se hace solidario y compasivo, a veces simplemente “está con” el que padece necesidad. En nuestro rostro, la puerta de la misericordia es una sonrisa amiga.

     

    “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces; pues ya conozco sus sufrimientos” (Ex. 3, 7). Somos los ojos y los oídos de Dios, no nos acomodamos en la vida, sino estamos muy atentos a lo que experimenta la gente, mirando a los hombres con los ojos del Padre. “Lámpara del cuerpo es el ojo…” (Mt. 6, 22), es una invitación a educar la mirada, a limpiar esa lámpara que permitirá al cuerpo entero iluminarse con la sanación del corazón e iluminar a su alrededor con la bondad de las obras de misericordia: porque la misericordia primeramente es encuentro y mirada de bendición.

     

    En el documento sobre la Identidad y Misión del religioso Hermano, se menciona la profecía para nuestro tiempo en algunas actuales obras de misericordia que podemos indicar a todos los guanellianos: la profecía de la hospitalidad como apertura y acogida al otro, al extranjero, al de religión, raza o cultura diferentes. La profecía del sentido de la vida; el servicio del diálogo y la escucha gratuita, para el descubrimiento de lo esencial. La profecía del cuidado y defensa de la vida y de la integridad de la creación. La profecía del sabio uso de las nuevas tecnologías, para ponerlas al servicio de la comunicación, en beneficio de los más desafortunados y para la evangelización (cfr. n. 37).

     

    Sin embargo la primera y más preciosa obra de misericordia es abrir nuestro corazón, sanado por dentro de su egoísmo y hecho capaz de misericordia y ternura, de acoger la alegría del Evangelio, que nos dice que nuestra vida es un don que recibimos para que no sea nuestro sino para compartirlo y darlo en tiempo, escucha, diálogo, compasión y gratuidad: fruto de la fe, la esperanza y el amor.

     

    Ser misericordiosos no es un gesto aislado; es necesario un proceso durable, aprendiendo a vivir una experiencia de ternura con Dios, en la figura de Jesús buen Pastor y Samaritano compasivo.  Abriendo la Puerta santa dijo el Papa Francisco: “La historia del pecado es comprensible sólo a la luz del amor que perdona, se entiende el pecado sólo bajo esta luz. Si todo quedase reducido a pecado, seremos las personas más despreciadas, mientras la promesa de la victoria del amor de Cristo pone todo dentro de la misericordia del Padre”. Siempre estaremos aprendiendo, a lo largo de nuestra vida, en esta escuela del Maestro divino que se apiadó de nosotros, nos purificó y  nos envió a ser prójimo de nuestros hermanos para ser signo vivos de la ternura del Padre. No perdamos de vista el núcleo de nuestra identidad como consagrados en la Iglesia, que anuncian a Jesús, amonestando e instruyendo a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de presentarlos perfectos en Cristo (cfr. Col. 1, 28).

     

    “El Señor nos bendiga y nos haga prosperar en las obras de misericordia, en las cuales la bondad de la divina Providencia se digna emplearnos” (L. Guanella, Cartas circulares, Scritti, vol. IV, pág. 1380)

     

    P. Carlos Blanchoud

    Padre Provincial

     

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