• Don Guanella Buen Pastor y Samaritano Compasivo

    Su experiencia sacerdotal.

     

    Conmemorando un nuevo aniversario (nº 149) de la Ordenación Sacerdotal de Don Guanella, veamos como él describe la grandeza, el valor y la misión del sacerdote, en su librito impreso en 1886, que lleva por título “Il Montanaro” (El Montañés), en el capítulo XIV, que se asemeja a un párrafo de autobiografía:

     

    "Aquel jovencito hijo de un montañés que, al ofrecerse a Dios, ya había dicho: ‘papá yo quiero ser sacerdote’, ahora he aquí que, superados numerosos obstáculos, por fin exclama: Soy, por gracia de Dios, lo que tanto anhelé: sacerdote para siempre. ¡Bendito sea Dios! Fui pastor de ovejas y ahora soy pastor de un pueblo. Pueblo mío, pueblo mío, reza por tu pastor. Tú te ves ahora, vestido de blanco con la estola flamante en el pecho, teniendo en la derecha el libro de la vida y de la muerte: Pueblo mío, ¿qué quieres hacer si Dios me hizo grande? Alabemos al Altísimo con voz unísona, con angélico afecto. Porque yo quiero ser angélico en las costumbres, quiero ser espada de fuego en el ministerio santo, y voy a abrir este libro cerrado con muchos sellos para todos los jovencitos y adultos, para los hijos y los padres, los esposos y las esposas. ¡Grande mi Dios! Estoy aquí y soy feliz con el Señor. Ahora quiero continuar con mi sacrificio y que mi alma se alegre y llore con este pueblo, con su alegría y su dolor de cada día. ¡He aquí a nuestro sacerdote! Estamos muy conmovidos hasta lo más íntimo de nuestro corazón" (DLG, Opera Omnia, vol. III, p. 1002)

     

    "Déjenlo trabajar al sacerdote, porque él presenta a Dios nuestros intereses y los de la humanidad. ¿No se dan cuenta con cuánto ardor nos provee los bienes espirituales? Él es una persona a la que Dios ayuda, déjenlo trabajar. Nos abre el verdadero manantial de los bienes temporales y eternos… El sacerdote continúa aquí abajo la obra del divino Salvador" (Ibidem)

     

    Escribía en el reglamento de 1910: “Pero los sacerdotes deben destacarse en toda clase de bellas virtudes, especialmente la humildad y la mansedumbre; deben ser cristianos para sí y sacerdotes para los demás, en el sentido de ser santamente ansiosos de distribuir los frutos espirituales y corporales de su santo ministerio". “Los sacerdotes pueden tener defectos, pero esto mismo los hace más misericordiosos y los inclina más a perdonar a los pecadores que suplican misericordia delante del ministro de Dios” (Opera Omnia, vol. IV, p. 1247-1248)

     

    Don Guanella fue ordenado sacerdote el 26 de mayo de 1866, en Como, por Mons. Frascolla. En Prosto, pequeño pueblo al pie de las altas montañas de los Alpes, en la Fiesta de Corpus Cristi del 31 de mayo, celebraba solemnemente la primera Misa junto a sus padres, hermanos y hermanas; así iniciaba su ministerio sacerdotal, volcándose de lleno a la actividad pastoral como coadjutor del párroco. Ya conocía a los fieles de Prosto porque allí había ejercido el ministerio diaconal.

     

    Luego fue transferido más arriba en la montaña, a Savogno, un pueblo de 400 habitantes. El 20 de junio de 1867 celebraba la primera Misa en esa parroquia. Se llega a ese pueblo por un muy largo sendero de montaña compuesto por 2.000 escalones de piedra. Aquí el joven sacerdote pudo desplegar todas sus energías de pastor. Por su parte la gente tenía una mentalidad sencilla, costumbres de ambiente rural y confianza en la Providencia. Allí permaneció desde 1867 a 1875; un período importante para la continua maduración de su persona y de su vocación.

     

    El Padre Luis Guanella tenía buenas energías físicas y morales, preparado por la bondad de Dios Padre que lo había acompañado en su formación con su divina gracia, con sanos vínculos familiares, exquisita sensibilidad hacia las necesidades de los demás, encuentros providenciales y experiencias con los jóvenes. Llegado a la vigilia de su sacerdocio escribía: “Estoy fantaseando sobre mi futuro…”; más tarde explicará estas fantasías, comentando a sus cohermanos: “Tenía ya en mi mente las fundaciones, en el corazón de joven clérigo”. Y ya ordenado sacerdote escribe en sus memorias: “se sintió un grano de sal listo para ser volcado donde la Providencia quisiese, para ser invisiblemente diluido en bien de las almas”.

     

    “¿A qué aspiraba el joven sacerdote, qué quería realizar? Ni él lo sabía con claridad; parecía una potente locomotora capaz de arrastrar una gran carga y entusiasmar a tantas personas; pero por el momento estaba allí, yendo adelante y atrás por la estación, buscando la vía justa” (“Don Guanella inédito” pág. 49)

     

    Don Luis no imaginaba entonces, ni remotamente, que por muchos años (desde su Ordenación en 1866 hasta la primera fundación en Como en 1886), debería permanecer verdaderamente como un grano de sal pisoteado y a veces perseguido por los hombres, antes de poder ser útil condimento para el alimento de los pobres.

     

    El hombre de Dios.

     

    Debemos destacar en primer lugar que Don Guanella era un hombre de Dios y hacia experiencia del Dios vivo, por eso era un profeta digno de crédito. Una experiencia del Señor que exclama: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos, y he bajado para librarlos de los egipcios” (Ex. 3,6-10). “¿Acaso quiero yo la muerte del pecador y no que se convierta y viva?” (Ez. 18,23). Es el Dios vivo que regala una vocación, educa, consagra y envía.

     

    Nuestro Fundador tenía experiencia de Dios y la mantenía, porque era constante y fiel en la oración, inserto en el lugar donde era enviado como pastor. Su oración y meditación junto al pueblo, lo hacía solidario con el mundo de los pobres; un sacerdote que “bajaba”, que salía del templo y daba prioridad del anuncio a los humildes y necesitados.

     

    Su ser y obrar como sacerdote estaban en sintonía con la Eucaristía, fuente de toda comunidad, centro de la vida sacramental, expresión de la más pura caridad. Unido a Cristo en la Eucaristía, su personalidad se iba definiendo y fortaleciendo en la fe, en su meta y en su camino, abandonándose en los brazos de la Providencia divina. En consecuencia Don Guanella celebraba en su pueblo y con su pueblo, para luego caminar con su gente.

     

    Su vida también estaba en sintonía con la Palabra de Dios, meditada y anunciada con claridad y fuerza para congregar en la fe que lleva a la comunidad al verdadero Jesús, para la vida de un verdadero cristiano. No era palabra suya sino Palabra de Dios, capaz de generar y desarrollar la fe que nos salva. Palabra que iluminaba las conciencias y las situaciones humanas concretas para verificar la presencia o ausencia de Dios en la vida cotidiana.

     

    Solidario con su pueblo.

     

    En sus primeros años de sacerdocio, demostró un apostolado febril e incansable; lo exigía su naturaleza vigorosa y activa, el celo por las almas, el fuego de la piedad, sus virtudes y el buen ejemplo como hombre consagrado totalmente a Dios y a su rebaño. Era padre y maestro que prodigaba al pueblo la ayuda material y espiritual. Todas las tardes visitaba a sus fieles, cruzando lentamente el pueblo, parando a saludar, a dar consejos, a visitar a un enfermo a consolar a alguno que padecía. Su casa estaba abierta a todos, los acogía con alegría y su caridad estaba siempre lista y generosa. Un modo de estar cerca de su pueblo era la escuela para los pequeños y los adultos, sólido principio de su acción pastoral. No miraba solamente a la promoción humana porque su objetivo último era llevar a la gente a Dios, salvar las almas; por eso el fruto más grande de su empeño pastoral como párroco en Savogno fue el acercamiento extraordinario de los fieles a los sacramentos en la vida cotidiana, especialmente la Eucaristía y la Penitencia. Su sensibilidad por las vocaciones sacerdotales y religiosas iba más allá de los límites del territorio parroquial.

     

    Pobres, escuela, monaguillos, trabajo: en estas cuatro palabras podemos imaginar la intensa actividad pastoral de don Guanella; a los pobres les brindaba lo mejor de sí y siempre se le habrían nuevos horizontes para la caridad misericordiosa.

     

    La actividad pastoral de Don Guanella se basaba en la predicación y los sacramentos, la catequesis y el compartir la vida con su pueblo. No solamente en la parroquia tuvo estas preocupaciones, sino también fue un fervoroso sacerdote en las casas que él fundó, empezando por las necesidades espirituales de la Pequeña Casa de Como, donde fue el primer celoso pastor entre los asistidos, anunciándoles el Evangelio compartiendo con ellos la vida cotidiana.

     

    Se vislumbraban dos orientaciones fundamentales de su vida: habilidad creativa y solidaridad. La meta donde quería llegar: el cuidado de los pobres, clarificando de a poco los medios y el camino. Los años de Prosto y Savogno muestran a don Guanella como un metal precioso, pero aún rústico, que espera la hora de la prueba para ser refinado y mostrar todo su esplendor: una auténtica obra maestra del padre Dios (cfr. “Don Guanella inédito” pág. 50)

     

    Testimonios de sus amigos.

     

    Don Leonardo Mazzucchi, primer biógrafo del Fundador, nos brinda la oportunidad de conocer la actividad sacerdotal de don Luis en Savogno y en la Casa de la Divina Providencia en Como, al comienzo de su misión de Fundador.

     

    En Savogno, cuando fue enviado allí como joven sacerdote, tuvo una actividad fervorosa en la que sabía conjugar la dimensión espiritual del pastor de almas, con la dimensión humana de premura y cercanía a ese pueblo que la Divina Providencia le había confiado justo a él, a sus cuidados, a pesar de que su mente y sus proyectos lo llevarían lejos de allí, en situaciones y compromisos bien diferentes. "La actividad de don Luis era febril, incansable: lo pedía su naturaleza de acción; lo exigía su celo por las almas […]; parecía verse en él la ansiedad irrefrenable de cumplir con solicitud cuánto le era exigido por el desempeño consciente de las tareas que les fueron confiadas, para apresurarse, casi temiendo un peligroso retraso, hacia el día en el que la Providencia debía […] hacer sonar “la hora - así la llamaba él - de la misericordia”. [...] Con este sistema: ‘corre – corre’, don Luis ordenó locales para las escuelas, armó techos para el lavadero del pueblo, construyó muchas capillas para la devoción" (pág. 32-33) y al mismo tiempo empezó a reavivar en la población el culto eucarístico: "El pueblo acudía a la Iglesia sediento de la Palabra de Dios, y no daba señal de cansancio, asistiendo a las devotas funciones [...] Se llego así a decir con verdad de Savogno: cerquen de muros a Savogno, y tendrán un convento" (pag.33) Había suscitado tanto fervor, que una pareja de ancianos, no pudiendo más caminar, se hacían llevar a Misa cada mañana por parientes o vecinos, muriendo luego ambos en un crudo inverno y fueron llamados “'mártires de la Misa” (pág. 430) Al mismo tiempo maduraban personas virtuosas y muchas vocaciones: escribiendo don Luis acerca de una de ellas, una cierta Ana Succetti, después de haber exaltado su vida sencilla y heroica, consumada en el amor seráfico de la Eucaristía y en la sed de sufrir: "El mundo será salvo, cuando muchos entre los cristianos, uniéndose a Jesús en el gran Sacramento, rogarán con viva fe al Dios bueno, que protege su Iglesia y siempre la asiste providencialmente" (pag.34).

     

    En Como, su primera Casa para los pobres, cuando todo y todos hacían referencia a él como eje firme y seguro de la vida de la Obra, sucedía que "… en medio del pequeño y laborioso rebaño estaba, como regla viviente y activa, el mismo Fundador, el cual multiplicaba maravillosamente su energía distribuida entre los oficios centrados sólo en él: de proveer a las necesidades materiales de los numerosos internados, de encaminar alrededor de la naciente Casa la oportuna propaganda, de cuidar la formación y el camino moral de las Hermanas, de vigilar la disciplina interna del Instituto, de distribuir a los huerfanitos, a los ancianos, a los aspirantes, el pan espiritual de la piedad y de la sabiduría con sus homilías, meditaciones, conferencias y lecciones. Fecundado por la lluvia de bendiciones celestiales, que suelen ser superabundantes para las necesidades extraordinarias de una Obra que da lentamente sus primeros pasos, y por los rayos ardientes de la palabra y el ejemplo de Don Luis, ese campo se presentaba adornado con una floración lozana y atractiva de virtud y sacrificio." (L. Mazzucchi, La vida, el espíritu y las obras de don L. Guanella, p. 176)

     

    Leemos del testimonio de Mons. Bacciarini:

     

    “Yo fui muchas veces a Savogno en el período entre 1909 y 1911 y sentí de la misma boca de los fieles la mejor opinión que un pueblo pueda dar del propio párroco. Se puede decir que cada piedra de Savogno hablaba aún de la santa obra del Siervo de Dios, el cual allí se hizo todo a todos, cuidando no sólo los intereses espirituales de su pueblo, sino también los materiales, con celo y sacrificio extraordinario”.

     

    También el Beato Cardenal Ferrari, en su homilía durante el Funeral de Don Guanella, recordando la visita pastoral a Savogno afirmaba: “Testigos directos acreditan sus primeros fervorosos años de ministerio: Savogno, el alegre pueblo puesto en la cima de su sendero de dos mil escalones, tan grato en mis recuerdos por su piedad cristiana, puede dar testimonio de todo el bien prodigado por el sacerdote Guanella”.

     

    Vocación de martirio.

     

    En su ministerio pastoral, no olvidó la vida de trabajo y grandes sacrificios, así como había vivido en el ambiente donde había nacido y crecido. Para don Guanella el trabajo era algo sagrado para el hombre, que nunca le debía faltar; trabajo también físico y material. Obediente a los caminos trazados por el Padre, nuestro Fundador padecía la dureza de ser solidario con su pueblo sufriente, hasta llegar a ser perseguido por los poderes del mundo. Su sacrificio sacerdotal brillaba como un martirio para unirse a Cristo en la conversión de los pecadores. Su vocación era una misión de evangelización y de martirio a favor del Pueblo de Dios.

     

    Por eso nunca calló la verdad y siempre luchó contra las injusticias, en defensa de los más débiles. Le parecía imposible a Don Luis callar la verdad y la dijo en la iglesia y afuera, por eso se ganó las maldiciones, amenazas y vigilancia política. Denunciaba el pecado y especialmente que la gente se apartara del sacerdote, de la Iglesia y de los Sacramentos. Invitaba a la esperanza en Dios y a la observancia de los Mandamientos. No cayó en la tentación del espiritualismo, conformismo o desesperanza, porque sabía bien que el precio del Evangelio para un cambio era la cruz; decidió prontamente jugarse por la liberación de su pueblo, yendo por un camino de misericordia. A su ministerio sacerdotal se le integraba la promoción de la dignidad humana y la defensa de la vida; su palabra era también denuncia ante los responsables de la situación de pecado que generaba activamente la pobreza, la injusticia y la opresión de los pobres. Llamaba a la conversión por el misterio del pecado enraizado en la sociedad.

     

    Don Guanella era un pastor que conocía a sus ovejas y compartía la vida con su pueblo En él sobresale una imagen de pastor con gran responsabilidad, con ideas vigorosas y claras, ligado a la tradición pero también abierto a acoger las nuevas exigencias de los tiempos, especialmente de estar junto a la gente para entender mejor sus necesidades.

     

    Nos queda fijado en la memoria que don Guanella es el hombre del Evangelio, de la Liturgia, de los Sacramentos, de la catequesis; él está lo más posible con los parroquianos y comparte su condición de vida. Sabe organizar una sencilla pero preciosa caridad parroquial y para todos es el hombre de confianza, el consejero, el consolador, el puente que une con el Señor.

     

    Sintetizando.

     

    Podemos resumir las características de su celo apostólico de buen pastor y samaritano compasivo con estas palabras:

     

    Primeramente, como fundamento sacerdotal, estaba consagrado totalmente al servicio de Dios, en íntima y continua presencia orante ante el Padre, haciendo experiencia del Dios vivo.

     

    Tenía un cuidado atento a las personas, un celo ardiente por las almas, dándoles el alimento de la divina Palabra y el Pan Eucarístico;

     

    una caridad que lo llevaba a visitar continuamente a los enfermos y una paterna solicitud para con los pobres y afligidos, ofreciéndoles también la ayuda material, y con el trabajo de sus manos;

     

    una previdente atención en la esmerada administración de los Sacramentos para la santificación del Pueblo de Dios.

     

    una firme constancia en la evangelización e instrucción de las personas sencillas;

     

    un infatigable ardor para formar a los niños y jóvenes en la vida cristiana y en la fe;

     

    un especial cuidado por las vocaciones que Dios suscitaba en su pequeña grey.

     

    Nuestras Constituciones (n. 16), así describen a Don Guanella: ejemplo de santidad para el pueblo de Dios; insigne modelo de Siervo de la Caridad; con total generosidad en entregar todo lo que la naturaleza y la gracia le habían dado; de carácter vivaz y capacidad de hacerse prójimo del que sufre y de la gente sencilla y trabajadora; vivió el Evangelio con la profunda convicción de la primacía del amor; con tenacidad y sacrificio cumplió la voluntad de Dios y lleno de fe corrió allí donde consideraba que era campo de trabajo de su Señor para hacer brotar y crecer la caridad.

     

    El ideal sacerdotal que abrazó don Guanella, como buen pastor, parte de la urgencia de custodiar el Evangelio de las desviaciones que surgían en ese entonces y cuidar su autenticidad. El mejor regalo era anunciarlo a los pequeños: ese era el primer servicio a los pobres. Pero anunciaba el Evangelio de manera que fuese comprendido por todos y lo encarnaba en su santa vida de pastor de las almas.

     

    En el fondo tenía una firme y clara convicción espiritual: la necesidad de manifestar a todos el amor de Dios Padre.

     

    Terminando esta reflexión, podemos afirmar que San Luis Guanella es un buen modelo de sacerdote para los guanellianos en América latina, porque refleja claramente el sacerdocio de Cristo, unido íntimamente con el Padre, solidario con la comunidad, compasivo y digno de crédito.

     

    P. Carlos Blanchoud

    Padre Provincial

     

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