• Cuaresma, Zambullidos en el Ministerio de Cristo

    En perspectiva

     

    Bienvenida la santa Cuaresma en nuestra vida personal y comunitaria, como profunda experiencia espiritual que pasa providencialmente por el desierto, la puerta estrecha de lo provisorio y de lo precario. Es la hora oportuna del silencio donde uno se encuentra consigo mismo, cara a cara con la propia realidad, y con los hermanos en un ambiente de conversión; este desafío atrae, pero da un poco de miedo, porque se descubre la verdad sobre uno mismo y sobre la relación con los demás. Pero también es el encuentro decisivo con el Dios de la misericordia que nos da la vocación, la comunión y la misión; es la hora de la prueba de la fe.

     

    El desierto es el lugar que ocupamos ahora, nuestra situación concreta, personal, comunitaria y misional. Es la vida cotidiana que se va desgranando en estos días de Cuaresma, zambullidos en el Misterio de Cristo: algo extraordinario porque Dios viene a nuestro encuentro en el Corazón de su Hijo y nos invita a la conversión; este divino Corazón nos conoce, se interesa por nosotros, nos ama: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien escucha mi voz y me abre, entraré a su casa a comer, yo con él y él conmigo” (Ap. 3, 20).

     

    Debemos partir, recuperar nuestros orígenes de caminantes, nómadas, retomar el camino de la vida y santidad; camino de cruz, hecho de humildad, desprendimiento interior, justicia y amor a los hermanos. Con la Iglesia buscamos al Esposo, en el silencio del desierto y la verdad del corazón. Nos despojamos para volver a encontrar la pobreza radical para que al fin Dios encuentre un sitio en el fondo de nosotros mismos, porque la fiesta es interior y en el silencio escucharemos el eco de la fiesta de Dios y por el amor, entraremos también en la fiesta de los pobres.

     

    Esta especie de noche desembocará en la aurora pascual. En Cuaresma nos sentimos más amados y descubrimos la raíz de la alegría pascual. Las lecturas del Ciclo B presentan la alianza y el misterio pascual de Cristo; invitan a descubrir a Jesús que se sacrifica por amor, renueva la alianza y la transforma en “nueva y eterna”.

     

    En el primer domingo, en las tentaciones contemplamos la gran lucha que Jesús tiene con el mal, hasta vencerlo con su muerte y resurrección. Ya Noé había entrado en esa lucha, había optado por Dios, había sido salvado y llegó a la alianza con el Señor, figura del Bautismo.

     

    “Somos cristianos, entramos en batalla. Nuestro divino Capitán está siempre delante de nosotros en la lucha; aquí está, en este día. El divino Salvador, para darnos un ejemplo, se retiró del ruido del mundo a la soledad para fortalecer su alma. Y estando en el desierto, por el espacio de cuarenta días ayunó hasta el agotamiento...

     

    Ahora está triunfante nuestro capitán. Combatió y recibió la alabanza desde el Cielo. Entremos en el campo nosotros mismos. San Pablo nos pide que seamos intrépidos.

     

    Escribiendo a Timoteo le dice: ‘quien está en la lucha, no será coronado si no combatió legítimamente’. Porque un soldado cristiano debe ser intrépido y constante” (Don Guanella, Scritti per l’annoliturgico, pág.464).

     

    “Oh Jesús, invoco de tu Corazón santísimo la fortaleza para combatir. De tu Corazón divino imploro la gloria del triunfo. Lo sé. Lo sé, tus promesas fueron escritas también para mí. Oh Corazón de Jesús, dóname en seguida la valentía para la lucha y la gloria de un triunfo” (Ibidem pág. 1244).

     

    En el segundo domingo, el Padre toma la iniciativa. En el relato de la Transfiguración, en el que se percibe el misterio de la cruz, proclama que Jesús es su Hijo amado; no le evita la muerte y lo entrega a nosotros, como Abraham que ofreció a Isaac. En los domingos siguientes el mismo Jesús revela que aceptó el proyecto del Padre para ser templo en el cual se ofrece el nuevo sacrificio para nuestra salvación.

     

    “Te sientes afortunado cuando en la carrera de la vida tienes un padre que se preocupa por ti, cuando en los estudios tienes un sabio maestro. Pero Jesús es un muy buen padre y maestro sapientísimo. Y Él vino a propósito para conducirte al paraíso. ¿Por qué tardas? Escucha atentamente a Jesús, dale tu mano y déjate conducir. ‘Al Cielo, al Cielo’, Él exclama. Al cielo, al cielo, desde el cual también hoy sale la voz del Eterno que te dice: Este es mi Hijo muy querido en el cual tengo mi alegría: escúchenlo”. (ib. pág. 1211).

     

    “Oh Corazón de mi Jesús. Muéstrate también a mí. Aparécete con la potencia de tu gracia. Muéstrate con el buen influjo de tus santas inspiraciones. Buen Jesús, por amor te transfiguraste en el pesebre, por amor en el Tabor, por amor en el Calvario de sufrimiento, y después en el sepulcro de la resurrección. Por amor mío te transfiguraste en el santísimo Sacramento del Altar, pero ¿cuándo yo voy a esforzarme en transfigurarme en Ti, imitando tus santas virtudes? Desde lo alto mándame tu ayuda, oh Corazón amadísimo de Jesús, mi salvador” (ib. pág. 1213)

     

    En el tercer domingo, Jesús crucificado es “nuevo templo”, destruido y reedificado; su pascua es sabiduría y potencia de Dios que lleva a cumplimiento la antigua ley.“Era necesario que se cumpliese la Escritura”. Jesús sabe que va a la muerte, y da sentido a lo que va a suceder. Si le quitan la vida, es porque, desde el comienzo, Él la entregó libremente. “Era necesario que se cumpliese la Escritura”. Jesús realiza el mensaje de los profetas, y no tarda en chocar con la oposición a sus gestos proféticos. Los escribas lo acusaron de blasfemo cuando lo vieron perdonar los pecados al paralítico. Muchas de sus palabras y gestos caían bajo el peso de la ley judía, y sabía que se exponía a la muerte. Pero la muerte es inherente al ministerio profético. Con una impresionante libertad, Jesús dio nueva juventud a las Escrituras. ¡Ecce Homo! La renovada Alianza es un hombre condenado, que muere, Gracia ofrecida, Sangre derramada, para que todos tengan vida.

     

    “Un padre dio la vida a su hijo. Después lo va instruyendo para que aprenda a vivir correctamente. Cuando termina de enseñarle, le dice: ‘Ahora ven detrás de mí. Sigue mi ejemplo. Las fatigas del sudor, el cansancio del viaje, los peligros del camino que experimento yo, pruébalos tú mismo, porque eres mi hijo’.

     

    El padre desea que el hijo lo imite. Y con razón. Pero ¿por qué nosotros no nos convencemos nunca que hasta el final tenemos que seguir al divino Salvador? Jesús nos dio la vida del alma, librándonos de la muerte eterna. Nos enseñó el camino de los Mandamientos, el sendero de sus Consejos y Bienaventuranzas. Después de haber hecho todo esto, nos pide que vayamos detrás de Él. No nos ilusionemos: el cristiano es como otro Cristo. Debe asemejarse a Jesús, imitar sus virtudes, seguir sus ejemplos” (ib. pág 519)

     

    “Oh Jesús, hazme santo también a mí. Tú me indicas un camino fácil para seguirte. No debo tener miedo de las afrentas de los hombres y dejar de lado sus imprecaciones: este es el camino verdadero para subir. Pero yo soy tan débil. Jesús, bendíceme e infunde en mi pobre corazón un poco de esa fuerza divina que está en tu corazón, y yo entonces seré salvado” (ib. pág. 1229)

     

    En el cuarto domingo, el regreso del exilio y la liberación del pecado son la salvación que Jesús, elevado en la cruz, dona a todos, como la serpiente en el desierto; su juicio es la misericordia.‘Cuándo levanten al Hijo del hombre, sabrán que Yo Soy’. No hay otra señal que la de la cruz. Pero, ¿cómo puede un rostro desfigurado por los golpes transparentar un reflejo de la gloria de Dios? Cuando la cruz se levante hacia el cielo con Jesús inmolado, Dios salvará a los que no aparten la vista de Él.

     

    “Contempla aquí a tu Jesús que sube al Calvario y del Calvario a la cruz, y llora copiosamente si puedes. Los Hebreos, en el desierto, cuando eran mordidos por las serpientes, dirigían la mirada a la figura de una serpiente de bronce colgada de un asta, y en seguida quedaban curados. Esa serpiente incapaz de culpa es figura del divino Salvador. Contémplalo cómo abraza la cruz con inmenso amor. Suena la trompeta que anuncia en Jerusalén el camino de muerte de Jesús, y Él se dirige al monte con un gran amor... Jesús es el inocente, tú eres el pecador” (Ib. pág. 1245).

     

    “Oh Jesús, bendíceme nuevamente. Yo te deseo, te deseo. Corazón de mi Jesús, yo quiero entrar en tu corazón y no separarme nunca más de Ti. Cubre mi alma con la sangre de tu corazón y purifícala para que pueda presentarme ante Ti en el santo paraíso. Oh paraíso mío. Oh Dios mío, yo no suspiro otra cosa sino estar contigo. Oh dulce Corazón de mi Jesús, haz que yo te ame siempre más” (ib. pág. 1280)

     

    En el quinto domingo, Jesús con su obediencia hasta la cruz, es el grano de trigo que cae en la tierra, muere y da mucho fruto, para luego ser glorificado. En Él se realiza la nueva alianza que libera del pecado. La señal del mundo nuevo no será una conspiración contra el orden establecido. No se echa vino nuevo en odres viejos. Dios no establece su reino con poder, sino con el escarnio de su humillación hasta la muerte. La señal de la salvación es un maestro arrodillado ante sus discípulos para lavarles los pies. El vino nuevo es derramado, y es perfumada con aromas la novedad de Dios. La copa de la nueva Alianza ya pasa de mano en mano. Nació el mundo nuevo, fundado en el amor del Siervo. La Vida que hizo la creación, entró en el tiempo, y una mañana de primavera hizo estallar el sepulcro que no podía retenerla, y hoy creemos en la Vida.

     

    “Oh Jesús, atráeme todo entero hacia Ti. Atráeme con todos los afectos de mi corazón. Una sola fibra de mi corazón que no palpitase por Ti, la arrancaría a cualquier precio. Pero sé que no podré hacerlo si tu ayuda. Atráeme, oh Jesús mío, atráeme todo entero. Lo sé bien, mi corazón está inquieto hasta que no descanse totalmente junto a tu Corazón (Ib. pág. 1251)

     

    Hermanos queridos, les deseo un santo camino cuaresmal, en forma personal, comunitaria y con nuestro pueblo. Que descubran,a lo lejos, el resplandor de la Pascua de Jesús.

     

     

    P. Carlos Blanchoud

    Padre Provincial

     

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