• Cuaresma, Itinerario de la cabeza a los pies

    Llegamos al hermoso pero exigente tiempo de Cuaresma y el Profeta Joel nos convoca con el sonido de trompetas, el “shofar” que emite sonido de guerra (Joel 2,15); nosotros, como Pueblo llamado a la santidad, nos congregamos para el día de Yahvéh, iniciando el combate contra el poder del demonio y del pecado, con actos de penitencia y oración.

     

    La Cuaresma se presenta típicamente como un tiempo de conversión y de prácticas de la tradición cristiana, pero éstas no significan nada si no llegan al corazón. Limosna, oración, ayuno cuaresmal, no es una práctica aislada, de ascesis individual, sino una larga celebración en la que la Iglesia, como Asamblea santa, convoca a los cristianos para que dejen que el Espíritu renueve sus corazones y desde nuestras cenizas broten la vida y la fiesta. Un poco de ceniza cae sobre la cabeza comenzando así un camino “de la cabeza a los pies”, como diría don Tonino Bello, indicando el gesto de la ceniza en la cabeza como el punto de partida y el lavado de los pies como el de llegada de todo cristiano que, convirtiéndose y creyendo en el Evangelio, se pone al servicio del prójimo. “También ustedes deben lavarse los pies unos a otros” (Jn. 13, 14).

     

    El profeta Joel nos exhorta a rasgar los corazones, no las vestiduras, y nuestras Constituciones repiten en el mismo tono: “Conviértanse y crean en el Evangelio. Este mandato del Señor nos compromete directamente: nos revela el pecado que está en nosotros y manifiesta la intención de Dios de que seamos dignas imágenes de su Hijo. En obediencia al Evangelio y en conformidad con nuestro programa ‘orar y padecer’, renunciamos a nosotros mismos, tomamos cada día nuestra cruz, afrontando las fatigas y dificultades de nuestro trabajo” (C. 36)

     

    Jesús indica un detalle: “En lo escondido”, es decir, en la verdad, ante el Padre que sondea los corazones y “ve en lo secreto” de sus hijos. Por lo tanto confía y cierra tu puerta, porque al Señor le gusta hablar en el vacío de un silencio, en lo secreto, en el fondo de tu morada interior. Perfúmate, ya que Dios te llama a una fiesta; todos hagamos, en nuestra persona y en la comunidad, un espacio al Espíritu purificador.

     

    La liturgia de estos cuarenta días se desarrolla como un largo retiro, una experiencia de desierto, camino de cruz, hecho de humildad, desprendimiento interior, justicia y amor. Camino por el que vamos en búsqueda del Esposo al que hemos abandonado. También es como una subida hacia Jerusalén acompañando a Jesús, con el Bautismo como trasfondo, una vuelta a la verdad, a lo esencial, a la vocación original y recuperar la pureza que nos regaló el agua de la fuente bautismal. Hoy, esta verdad es, ante todo, un reencuentro con Dios Padre, revelado por Jesucristo. Anhelamos volver a Dios como el hijo pródigo, no en el individualismo en que cada uno se arregla por su cuenta, sino en medio de la Asamblea santa, en la cual todo el pueblo de Dios es convocado (de los niños a los ancianos), porque la vida de su pueblo es la demostración de su misericordia infinita, como Pueblo y Familia guanelliana, milagro de su Providencia. Pero lo vamos a reencontrar  primeramente en el fondo de nuestro corazón y desde la noche del pecado desembocaremos en la aurora pascual del perdón y la fiesta. Estamos en vela y sabemos que Él está vivo; la mesa está puesta y la resurrección está presente en lo cotidiano de nuestro servicio guanelliano, prestando nuestras manos a la Providencia. Llegará un día en que Él se pondrá a servirnos y a lavarnos los pies.

     

    ¿Entonces vamos a ayunar? Si al menos la Cuaresma nos diera hambre de compartir con los que están solos, los que no tienen nada, o simplemente de tratarnos con más amor y veneración en nuestra Casas. Lo haremos porque Dios dio su vida por ellos, mientras que su voz divina es sofocada por el excesivo egoísmo y el materialismo reinante en nuestros días. El drama de nuestro tiempo es que los alimentos y las distracciones de esta tierra nos han ahogado el corazón. Cerrados al pobre y a nuestro hermano, estamos también cerrados a Dios. Tenemos que aprender a vivir de otra manera, respirar con otro ritmo, sumergirnos de nuevo en el Evangelio; que la Palabra de Dios nos saque de nuestros engaños y nos libere de ocultos pecados, escondidos en lo hondo de nuestro ser. No hagamos penitencia sin saber cómo salir de nuestras mentiras e hipocresías, para recibir al Otro que es la Verdad y a los otros que nos ayudan a ser más buenos y generosos. Nos dice concretamente la Regla, justo para esta Cuaresma: “Padecer: como discípulos de Jesús, pobre y sufriente, dispuestos a seguirle siempre, hasta el Calvario. ‘Harán auténticos milagros de bien si aman las incomodidades más que la comodidad y si saben sufrir hambre, frío y molestias en el servicio a los hermanos necesitados’” (C. 15)

     

    ¿Quién cambiará nuestro corazón de piedra en corazón de carne? ¿Dónde poner nuestra confianza? Nos dejamos ayudar por el Salmo 50, que es el salmo cuaresmal por excelencia. El autor reconoce sus faltas sin rodeos ni medias tintas, y no teme contemplar ese pecado que siempre “está ante él”, porque confía en la justicia de Dios que se manifiesta en el perdón concedido al pecador. Se trata nada menos que de su honor divino, paterno y materno, ya que el pecador perdonado se convertirá en testigo de Dios: podrá mostrar a los pecadores el camino de la verdad para que vuelvan a sus cálidos brazos; el reconocimiento del pecado tiene su dimensión profética, cuando damos a conocer a todos, con alegría, que el Padre nos recibió de nuevo en su casa, luego de habernos extraviado; es un estímulo para que nuestros hermanos alejados también regresen arrepentidos a la casa paterna.

     

    El salmista suplica al Dios de la vida que lave su pecado, para volver a la vida y renovarse, con un corazón nuevo. El hombre puede sólo maravillarse y dar gracias, proclamando la justicia y el amor de Dios. No lo hace con sacrificios antiguos, con cultos hipócritas y superficiales donde no se compromete el corazón. El perdón de Dios no se compra porque supera infinitamente toda medida humana; un Dios contable es un Dios al modo humano, se lo puede calibrar, cotizar y medir… La única ofrenda que agrada al Padre es un espíritu convertido, roto y triturado, consciente y lúcido de lo que es, sin pretensiones ante el Creador: comparte tu pan con el hambriento, ofrece una habitación en tu casa al vagabundo. ¡Entonces, tu luz nacerá como la aurora después de una larga noche! Tenemos otra clara propuesta cuaresmal de las Constituciones: “Nos llevamos con sencillez, como en familia, atentos en prevenir las necesidades de cada hermano, en impedir su daño, y en sostenernos en las pruebas y en las inevitables dificultades de la vida comunitaria. Por encima de todo, nos dejamos guiar por la misericordia: ‘Vuestra característica, decía el fundador, debe ser un espíritu de mucha tolerancia, de amplios horizontes, más inclinado a la misericordia que a la justicia’” (C. 21)

     

    No intentes otra vez disimular o tapar tu pecado ante el Padre Dios, porque el Señor es ternura y piedad. No temas su justicia y su verdad, pues el Padre sabrá purificarte. Arrójate al abismo de su misericordia y, con corazón arrepentido, suplica: ¡Misericordia Dios mío, por tu gran amor!

     

    Por último, nos instruye la Regla: “En el sacramento de la Penitencia, recibido frecuentemente y con confianza en la divina misericordia, celebramos la gracia pascual de un corazón nuevo, recreado por el perdón de Dios, que también nos reconcilia con nosotros mismos y con los hermanos” (C. 36)

     

    Auguro a todos ustedes, hermanos y amigos, una serena y santa Cuaresma en lo íntimo del corazón y en Familia, volviendo gozosos a Dios, que nos recibirá con su abrazo de Padre.

     

    Miércoles de Ceniza, 2017

     

     

    P. Carlos Blanchoud

    Padre Provincial

     

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