• ¡ALELUYA!

    “¡Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él!”

     

    “¡Aleluya!”

     

    Así cantamos en el Salmo responsorial de la solemne Misa de la Resurrección.

     

    El día especial por excelencia, el día hecho por el Señor. Los otros días son obra nuestra: los días de la traición, del odio, de la división, de la idolatría, del pecado; obras del hombre viejo.

     

    Jesús resucitado hace resplandecer una “primera mañana”, un día nuevo y un mundo nuevo, una nueva creación. De nosotros venían las tinieblas y el miedo, de Él viene la luz y la paz. De nosotros venía la muerte y Él nos dona la Vida.

     

    “¡Cristo es nuestra Pascua!” exclama con maravilla san Pablo (1Cor. 5,7), es “nuestro paso” de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, del mundo viejo a la Tierra prometida. Hoy Cristo triunfante nos ofrece “su día”, no volvamos a nuestras obras oscuras y al viejo almanaque. Vivamos en la luz, el amor y la libertad de los hijos de Dios. Somos “nueva creatura”.

     

    “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc. 24, 5-6). Algunos religiosos, en su testimonio, dan la impresión de haberse quedado en el Viernes Santo. Presentan el mensaje de Jesús con caras avinagradas, con tonos severos.

     

    ¡Celebremos la Vida! ¡Feliz Pascua de Resurrección!

     

    A veces nos asemejamos a María corriendo hacia el sepulcro. Ella quería terminar los ritos de la sepultura pero más deseaba reencontrar lo que estaba perdido definitivamente. Quería retener el cuerpo inerte del amigo que había querido tanto, quedarse en el pasado venerando el resto que quedaba; en nuestro caso, como si fuesen reliquias sin alma y sin vida, palabras vacías que matan el espíritu, ciertas afirmaciones acomodaticias que ahogan el primer anuncio de la Buena Noticia a los pobres, frases hechas diplomáticamente que no llevan a un verdadero encuentro entre hermanos. Corremos al sepulcro a buscar cosas parecidas a Dios y al amor, un cuerpo frío, sin vida. ¡Y Dios está en otra parte! ¡No sabemos dónde lo pusieron!

     

    “¡María!”. “¡Maestro!”. Habla el corazón nuevo, porque el Espíritu indica que Dios ahora vive en un corazón que ama. Y Jesús nos precede, está siempre más adelante: “¡Suéltame que todavía no he subido al Padre!”, porque Él es el camino y recorre todos nuestros caminos, llevándonos a las puertas del Reino del Padre. Él es la Vida que asume nuestras pequeñas muertes de cada día y pone la semilla de una vida sin fin. No se aleja de nosotros, pero quiere que lo alcancemos, siempre intranquilos y caminantes, preocupados por sus citas sorprendentes y a veces incómodas, especialmente cuando nos llama a estar al lado de los pobres para socorrerlos y jugarnos por ellos. Nos dice el Resucitado: “¡Ve a mis hermanos…!”

     

    Para los guanellianos, la Pascua es un augurio de paz y más aún de inquietud de alcanzar a Cristo por la caridad misericordiosa. Miramos hacia adelante, sin volver atrás, para afrontar los problemas reales, las situaciones concretas de los pobres, ajustar nuestro reloj según el tiempo presente, vivir la lógica de la Encarnación. Una vida religiosa no ajustada a las necesidades del tiempo presente, es una vida que perdió el contacto con el Dios Viviente que renueva todas las cosas. San Ireneo tiene una frase muy linda: “Gloria Dei homo vivens”, la gloria de Dios es el hombre viviente, un ser humano lleno de vida, una humanidad que celebra y defiende la vida ante los sutiles, modernos y sofisticados ataques que sufre.

     

    Por eso Dios muere y resucita con el hombre de todo tiempo y lugar, en el nuevo día que hizo.

     

    Nuestro santo Fundador, en el augurio de una santa Pascua, no pierde la ocasión para impulsarnos a una vida de fe y de caridad, tanto a religiosos como a laicos; Resucitar con Cristo hoy es servir a los pobres en sus necesidades concretas y reales para que tengan vida plena. Don Guanella escribía en su boletín “La Divina Provvidenza”, en ocasión de la Pascua:

     

    “A nuestros sacerdotes y Cooperadores, a las Hermanas Hijas de Santa María de la Providencia que mucho deben trabajar y sufrir, ¡saludos! Cuando estén en el crisol de la tribulación, a semejanza del oro que es probado en el fuego, canten con fe: ¡Aleluya! Alaben al Señor cuando los somete a la prueba del dolor. Confíen sólo en Él y les dará la gracia de perseverar hasta el fin.

     

    Dirán que las dificultades los abaten. Pero ¿es posible encontrarse a orillas del precipicio, entre tinieblas y no sentir miedo? También los discípulos de Jesús estaban perdidos y confundidos. ¡Por caridad, no falte en ustedes la confianza! El Señor abrió los brazos al Apóstol Pedro que por tres veces lo había negado, no dejará de ayudarlos.

     

    ¡No les falte la fe! Pero muchos dicen: quisiéramos ver y tocar. Sin embargo deben saber que la fe de Tomás fue la menos meritoria….

     

    Ahora, una palabra también a ustedes nuestros Cooperadores y amigos. Cuando vean nuestras obras sumidas en privaciones y abandono, y puede ser en el Viernes Santo de persecuciones más o menos evidentes, ¡no pierdan la fe! Este es mejor momento para sostenernos.

     

    Algunos se escandalizan también de nosotros y de nuestras casas. Otros se escandalizan también de Dios y viendo a los pobres, ancianos, discapacitados que queremos mucho y que llamamos con el dulce nombre de buenos hijos y buenas hijas, gritan: “¿por qué el Señor los creó así?” ¡Y se llega a querer abolir los hogares de los pobres discapacitados en sus pueblos! Sin embargo ellos son para nosotros el tesoro más precioso. ¿Acaso Jesús no se hizo despreciado por los hombres, para salvarnos?

     

    Oh fe santa que te escondes a los soberbios y te revelas a los humildes, danos una humildad profunda que nos haga felices de servir al prójimo por amor a Dios.

     

    Cooperadores y amigos nuestros, levante el corazón y resuciten con Jesús. Cantemos: ¡Aleluya!...

     

    Cuando vuestra ayuda llegará a una de nuestras Casas, estrujada en el lagar de los sufrimientos, los Padres Directores y las Hermanas, los pobres internados y los Siervos de la Caridad, entonarán un Aleluya que volverá como bendición a ustedes y a sus familias. Y los Ángeles del Cielo repetirán ¡Aleluya!, y en el gozo de la beneficencia probarán, amigos nuestros, un anticipo de esa alegría que tendrán donde el Aleluya dura eternamente” (Abril de 1909, LDP vol. IV).

     

    “Jesús mío, yo también espero y tengo la certeza que llegará también mi resurrección. Mientras tanto esperaré con gran anhelo. Jesús mío, mándame, si es tu voluntad, la lucha de Jerusalén, mándame la batalla del Calvario, pero asísteme con tu santa gracia. Te pido que me consueles pronto con el triunfo eterno, porque sé que mi felicidad será enorme solamente cuando podré asemejarme a Ti, Jesús, resucitado del sepulcro triunfante e inmortal” (D, Guanella, “Nel mese del fervore”, Vol. I, p. 1268)

     

    Queridos hermanos, nuevamente, ¡Feliz Pascua de Resurrección!

     

     

    P. Carlos Blanchoud

    Padre Provincial

     

Copyright© 2014-2017 Provincia Cruz del Sur, Dónovan 1652 (1770) Tapiales, guanellianoscruzdelsur@gmail.com

  •  

Copyright© 2014-2016 Provincia Cruz del Sur, Dónovan 1652 (1770) Tapiales,

guanellianoscruzdelsur@gmail.com

Copyright© 2014-2016 Provincia Cruz del Sur,

Dónovan 1652 (1770) Tapiales, guanellianoscruzdelsur@gmail.com

Copyright© 2014-2016 Provincia Cruz del Sur,

Dónovan 1652 (1770) Tapiales, guanellianoscruzdelsur@gmail.com